viernes, junio 06, 2008

Crímenes imperceptibles


Hay una elemento en la prosa de Guillermo Martinez que provoca desgano en los lectores inquietos. La escritura del nuevo astro Editorial Planeta seduce menos que las tramas. Hay quienes abandonan la novela porque no les gustan los relatos en primera persona. Otros, descreen de las comparaciones que el autor desliza de cuando en cuando, a modo de pincelada reflexiva que ubique en el plano meramente estético un elemento generalmente superfluo del relato:

Quince días después me encontraba volando sobre el Atlántico en ese estado de incredulidad que desde siempre se apodera de mí ante cada viaje: como en un salto sin red, me parece mucho más probable, e incluso más económico como hipótesis – la navaja de Ockham-, hubiera dicho Seldom –, que un accidente de último momento me devuelva a mi situación anterior, o al fondo del mar, antes de que todo un país y la inmensa maquinaria que supone empezar una nueva vida comparezca finalmente como una mano tendida allí abajo.

A simple vista puede observarse una oración de 90 palabras, con puntuación de pizarrón pero un tanto extensa y agotadora para el lector argentino medio, a quien está dirigida esta literatura. Es curioso que en esta elección de escritura cercana a una traducción del alemán al español evoque a su tocayo de Ockam (u Occam), dado que con el citado párrafo Martínez pareciera proceder en el sentido opuesto al aporte del monje franciscano alemán, cuando separó las sombras de la luz del conocimiento científico y postuló en el s. XIV que Entia non sunt multiplicanda sine necesitate (no han de multiplicarse los entes sin necesidad, -o lo bueno si breve dos veces bueno-).

Dicho, esto, podemos señalar que, aunque la voz del narrador sea presentada como la de un científico, su estilo lo desdice.

Y sin embargo, con toda puntualidad, a las nueve de la mañana del día siguiente, el avión horadó tranquilamente la línea de brumas y las verdes colinas de Inglaterra aparecieron con verosimilitud indudable, bajo una luz que de pronto se había atenuado, o debería decir, quizá, degradado, porque esa fue la impresión que tuve: que la luz adquiría ahora, a medida que bajábamos, una cualidad precaria, como si se debilitara y languideciera al traspasar un filtro enrarecido.

Una vez más, el exceso: un lector del siglo XXI ya sabe que se tarda menos de un día en cruzar el océano Atlántico en avión. Y cabe suponer que ese detenimiento en la calidad óptica de las tierras británicas supondrá parte del problema de desentrañar los móviles de los crímenes imperceptibles a que se alude en la tapa.

Otros lectores han encontrado cansino el estilo en primera persona, agobiante y exageradamente maduro en Acerca de Roderer, sutilmente desubicado en el contexto de una enmarañada trama delictiva inglesa, un tour de force centrípeto que expulsa a los espíritus poco incrédulos del eje protagónico del narrador.

En sintética suma, Martinez ha transcurrido la trayectoria de Planeta con vientos comerciales favorables. El tiempo dirá si no se trata de un simple cometa errabundo.
Avispado de este descascaramiento narrativo, Alex de la Iglesia supo dejar prontamente atrás la novela al elaborar The Oxford Murders (Los crímenes de Oxford), con lo cual consigue felizmente la poco frecuente meta de que el lenguaje cinematográfico, aún cayendo en historias amorosas clichè, supere ampliamente la tensión del libro, al tiempo que nos regala las tetas magníficas de Leonor Watling.

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